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Minutos después de las 6 de la mañana, el Vostok despegó desde el cosmódromo Baikonur. Los últimos ensayos previos al lanzamiento tardaron más de dos horas en ajustarse, sin embargo, aquel 12 de abril de 1961 el cohete soviético estaba listo para hacer historia. Esta vez no acarreaba satélites ni perros, sino un ser humano.

-“¡Poyekhali!” (vamos) -dijo Yuri Gagarin en ruso mientras el cohete se desprendía del suelo dejando una nube de vapor, aventurándolo a la misión que lo convertiría en el primer cosmonauta de la historia en llegar al espacio.

Como todos los programas espaciales de la Unión Soviética (URSS), la misión Vostok-1 se llevó a cabo en absoluto secreto, sin embargo, una vez que el joven de 27 años alcanzó la órbita terrestre, las noticias de su hazaña volaron tan rápido como su cohete, deslumbrando al mundo a tan sólo cuatro años del lanzamiento del satélite Sputnik, el primero de su tipo.

“Fue una hazaña tremendamente compleja. La capacidad ingenieril de la época no se compara con la que existe hoy. Las pruebas aerodinámicas, de motor y las guías de ayuda en caso de emergencia eran bastante reducidas, por lo que fue un tremendo logro para esos años”, dice a La Tercera Klaus von Storch, ingeniero aeroespacial.

“La visibilidad es buena, el ánimo excelente, la ingravidez es agradable”, dijo Gagarin en su primer contacto mientras observaba la Tierra y su aura desde el espacio. En 108 minutos y a una velocidad de ocho kilómetros por segundo, el astronauta logró dar una vuelta completa al planeta mientras realizaba diversos experimentos, como escribir, comer y tomar agua para registrar su experiencia a través de una grabadora.

Durante el desarrollo de la misión las señales radiales fueron captadas desde EE.UU. y enviadas al Pentágono, donde se informó al Presidente John F. Kennedy sobre el logro soviético.

La hazaña de Gagarin puso urgencia a los planes de la Nasa, por lo que sólo 23 días después, Alan Shepard se convirtió en el primer astronauta de ese país en llegar al espacio, aunque realizando un vuelo suborbital. EE.UU. no logró poner a un hombre en órbita sino hasta el año siguiente, con John Glenn.

“La competencia que inició el vuelo de Gagarin y los vuelos de Shepard y Glenn le dieron dirección, urgencia y propósito al naciente programa espacial norteamericano. Esta competencia siguió durante toda la Guerra Fría y continúa hasta hoy, aunque ahora es mucho más amistosa”, dice a La Tercera Mario Pérez, científico del programa Orígenes Cósmicos de la Nasa.

Ya de regreso a la Tierra, la cápsula del Vostok-1 se desprendió del resto de la nave y comenzó su descenso, aunque a siete kilómetros de alcanzar el suelo Gagarin saltó en paracaídas y aterrizó en un campo cerca de Sarátov, Rusia. Nunca volvió al espacio, pero se transformó en un héroe en la Unión Soviética y el mundo.

“Su hazaña fue una prueba de que un ser humano podía sobrevivir no sólo a un lanzamiento al espacio, sino también al reingreso a la atmósfera de la Tierra”, dice a La Tercera David Southwood, ex director de Ciencia y Exploración Robótica en la Agencia Espacial Europea (ESA).

Siete años después, el 27 de marzo de 1968, Gagarin murió en un trágico accidente aéreo, durante un vuelo rutinario debido a la onda de choque de un jet supersónico que se encontraba realizando pruebas a alturas más bajas de lo permitido.

Por años, el gobierno ruso se negó a revelar que la verdadera causa de muerte del héroe soviético había sido un error humano, pero medio siglo después, el ex astronauta Alexey Leonov entregó información sobre el accidente con la condición de no dar a conocer el nombre del piloto del jet.

Hoy, 50 años después de su muerte, Gagarin continúa siendo un héroe. “Él nos llamó a todos al cosmos”, resumió Neil Armstrong.